en sus días de neblina y lluvia...
«Cada vez que sientas que todo
te está saliendo mal, que estás
perdido, pregúntale a tu muerte
si es cierto. Tu muerte te dirá que
te equivocas; que en realidad nada
importa más que su toque. Tu muerte
te dirá: “aún no te he tocado”.»
Don Juan, en “Viaje a Ixtlán”.
Por incercia alzó la vista echando atrás la cabeza, como buscando ese Cielo que tantas veces habían acariciado sus ojos pardos y, de alguna manera, sabía que sólo vería el mismo cielorraso resquebrajado, ese cielo aburrido de encierro; por demás parecía no perder la esperanza de algún día alzar la vista para, por fin, empaparse con ese mar de aire, esa placa inmensa celeste salpicada de bollitos de algodón. Y no. No esta vez donde alzar los ojos para encontrar el cielorraso mugriento de siempre implica seguir aquí dentro, atrapado, privado de ese aire purificador que, sin dudas, le haría tan bien a estos pulmones malheridos y dañados a fuerza de tabaco. Ya no quería permanecer más allí, con grilletes que no se dejaban ver, la apariencia de libertad... ay, nada más espantoso que estar preso siendo libre, ser realmente un prisionero sin condena ni cadenas (preso de uno mismo), saber que aunque los ojos no ven, el corazón siente igual... acá donde alzo la vista sin ver el cielo, ni el vuelo de los pájaros. Qué decir sobre sentarme a fumar en las rocas a orillas del mar, donde cierro los ojos para empaparme los oídos con las olas golpeando las piedras, una y otra vez, persistentes, ignorando, las pobres y tenaces olas, que jamás moverán la hilera de piedras.
No siempre había sido así, alguna vez se había mostrado en las calles repletas de cielo y, a su vez, de cárceles idénticas a esa en que, ahora, andaba encerrado; esa cárcel doméstica, tan particular, tan construida a su medida que no hacían falta los barrotes, ni que fuera pequeña ni que estuviera esposado o engrillado. La prisión depende de uno, puede hallarse pronto y más cerca de lo que puede imaginarse. Pero muchas coas, por general lamentos, las pensaba ahora, las procesaba, las tallaba y las vomitaba sobre la mesa para contemplarlas (y sufrirlas), pero jamás para utilizarlas como limas que desgasten los barrotes o palas para cavar un túnel que lo condujera lejos de la cárcel. Ahora que alzaba la vista al cielorraso, ahogándose en su celda de tres por dos, desconfiando de sí mismo sobre si deliraba o estaba realmente preso... Sería cuestión de hacer memoria, tarea que le resultaba un poco más llevadera si la acompañaba con un cigarrillo (entonces miraba a ambos lados para evitar que otro interno estuviera mirando, mientras levantaba una baldosa floja donde estaban los puchos y otras cosas)...
¿Para qué mirar a todos lados si nadie podía verlo? ¿Para qué, Pedrito, prender un rubio a escondidas? Allí, en esa pieza donde ni la sombra le hacía compañía, ahí donde, si pudiera, hasta él mismo se abandonaría... inútilmente obligado a mantenerse en un círculo dibujado sobre el piso, un límite trazado con una tiza que empezaba a borronearse por el tiempo y, más, por la humedad porteña...
Debajo del paquete de cigarrillos encontró una vieja foto, que era casi un sinónimo de la sentencia de tres fojas y media ( que dormía en el grueso expediente correspondiente a la Causa número dos mil y pico, del Juzgado en lo Criminal número tanto, allá en la calle Lavalle); aquella sentencia que lo condenaba al tormento perpetuo por ser culpable de... de... en fin, mejor no recordar: la cara estática del fiscal acusándolo, y él sólo con su alma, del otro lado sin defensa, tal vez porque siempre había estado condenado, incluso antes de cometer algún delito; sí, la foto era su sentencia, esos ojos, esas manos por las que hubiera matado sin titubear, aquellos besos dulces tan amargos cuando no los tenía, cuando andaba a la deriva en ese barco con olor a naufragio, sobre un mar de ausencias. Y entonces en lugar del Cielo el cielorraso, que debía ser blanco; en lugar del viento la humedad de una celda; en lugar de puertas y ventanas esos barrotes oxidados; en lugar del presente tejiendo el futuro un pasado deshilachado, como un viejo pullover que uno se niega a tirar, pese a que está derruído por las polillas (en este caso, las polillas eran tiempo, eran años necios resistiéndose a ya no ser). Y tal vez, de a ratos, estar preso lo contentaba, pues cómo explicar que no contaba los días ni tachaba un almanaque o, a lo mejor, no aguardaba salir en libertad tras cumplir la condena, condena que le sabía eterna (por eso, alguna vez, había rechazado excarcelaciones en forma de besos o brazos de cobijo)...
(¿Cómo hago, ahora, que abro el paquete de veinte puchos y sólo encuentro cuatro? Señal inequívoca de que tengo que salir hasta la esquina o, si tengo suerte, puedo canjearle una tarjeta telefónica por un atado completo al Cabeza, hay que ver si agarra viaje...).
...Había trazado su absurda cárcel en un lugar que le permitía, después de todo, estirar el brazo y manotear algún libro de su biblioteca imponente o, en ocasiones de necesitar provisiones, se permitía una tonta libertad “temporaria” como para poder ir de compras. El asunto es que no estaba loco, su autocondena llevaba un buen tiempo, y exigía respeto a ultranza. Ya caía la noche cuando descubrió que no tenía ni cigarrillos ni nada para beber; alzó los hombros resignado y tuvo que salir a la calle...
...Buen tipo este Willy, el carcelero cojo, nunca me hace historia cuando tengo que salir para laburar afuera (beneficio por buena conducta); al cabo, como dijo Borges en algún lugar, se da el fenómeno de identificación entre carcelero y prisionero, donde las rejas pasan a ser un objeto irreal...
...Entonces respirar el aire de la calle era una herejía, un abuso del permiso que se le daba, un aprovecharse de ser juez y parte en el juicio. Pero caminar por la calle era, pese a que se negaba a verlo, recuperar la libertad; cuando agarraba confianza miraba desaforado hacia todas partes para encontrarla, para ubicarla, para dar con quien lo había obligado a condenarse de por vida a extrañarla. Porque la libertad, como la prisión, se llamaban Ana para él; a veces Ana era prisión, si estaba ausente, y otras veces era libertad, si estaba a un brazo extendido de distancia. Buscarla desesperado no daba resultado, en parte porque sabía la remota posibilidad de hallarla allí, en esas calles por las que nunca había andado, y también porque intuía que, de encontrarla, sería lo mismo que no hacerlo: era una historia agotada, entre ellos silencio de tumba...
...La tumba, justamente, pero quizá un poco peor, porque esto me sabe mucho peor que la muerte, que ese descanso eterno en un colchón de tierra o madera... la vida y la muerte, nunca había imaginado que se podían enlazar por un acto en esencia igual, como el dormir; vivo se duerme en una cama de madera, muerto también, lo que varía es la duración del sueño. En fin, ahí viene el Cabeza, con una sonrisa ancha (seguro que habló con su vieja); si no me equivoco, si está de humor me hace el canje de puchos por la tarjeta sin dramas...
... Volver a la cárcel dibujada en el piso (era justo preguntarse por qué en lugar de dibujar con tiza un cuadrado no se le daba por hacer una rayuela, una de esas que hablaba Cortázar...), mirar por el ventanal inmenso que no era un ventanal (sería una diminuta bohardilla por donde entraba la luz como guirnaldas), o apoyar la cara en los barrotes invisibles, volver a su prisión, a esa condena que sólo él sabe, su encierro en libertad. Eran pocos los que se preguntaban por su desaparición, su paradero desconocido (muchos creían que andaba de viaje); de alguna manera podía decírse que estaba rajando para borrar todo rastro de Ana, todos sus olores que lo asaltaban en la casa, en las calles que habían caminado, en ese cielo que tantas noches había contemplado, en la estrella más brillante que Pedro le había regalado. Nadie sospechaba que estuviera preso (aunque, en verdad, no lo estuviese), ni menos que él creyera estarlo siendo libre; de todos modos el vivir en prisión (o la simulación) era suficiente para no sentirse libre, alcanzaba para saberse detenido, para respirar cárcel, para ver los barrotes delante suyo aunque no existieran, para encontrarse a oscuras pese a la luminosidad que bañaba el living, para que su única vista al Cielo fuera una endija pequeña y no ese enorme ventanal. Porque efectivamente vivía preso, era un preso más en esa cárcel donde existía el Cabeza y el carcelero Willy. Aunque él les pusiera la voz y sólo los pudiera ver en el espejo sobre una pared contigua al living. Y más allá de que no hubiera delito ni condena legal por cumplir, era un preso de veras, porque Pedro lo sabía de sobra que no hay peor prisión que aquella en que uno mismo se encierra, aquella en que uno es el preso y la cárcel.
No siempre había sido así, alguna vez se había mostrado en las calles repletas de cielo y, a su vez, de cárceles idénticas a esa en que, ahora, andaba encerrado; esa cárcel doméstica, tan particular, tan construida a su medida que no hacían falta los barrotes, ni que fuera pequeña ni que estuviera esposado o engrillado. La prisión depende de uno, puede hallarse pronto y más cerca de lo que puede imaginarse. Pero muchas coas, por general lamentos, las pensaba ahora, las procesaba, las tallaba y las vomitaba sobre la mesa para contemplarlas (y sufrirlas), pero jamás para utilizarlas como limas que desgasten los barrotes o palas para cavar un túnel que lo condujera lejos de la cárcel. Ahora que alzaba la vista al cielorraso, ahogándose en su celda de tres por dos, desconfiando de sí mismo sobre si deliraba o estaba realmente preso... Sería cuestión de hacer memoria, tarea que le resultaba un poco más llevadera si la acompañaba con un cigarrillo (entonces miraba a ambos lados para evitar que otro interno estuviera mirando, mientras levantaba una baldosa floja donde estaban los puchos y otras cosas)...
¿Para qué mirar a todos lados si nadie podía verlo? ¿Para qué, Pedrito, prender un rubio a escondidas? Allí, en esa pieza donde ni la sombra le hacía compañía, ahí donde, si pudiera, hasta él mismo se abandonaría... inútilmente obligado a mantenerse en un círculo dibujado sobre el piso, un límite trazado con una tiza que empezaba a borronearse por el tiempo y, más, por la humedad porteña...
Debajo del paquete de cigarrillos encontró una vieja foto, que era casi un sinónimo de la sentencia de tres fojas y media ( que dormía en el grueso expediente correspondiente a la Causa número dos mil y pico, del Juzgado en lo Criminal número tanto, allá en la calle Lavalle); aquella sentencia que lo condenaba al tormento perpetuo por ser culpable de... de... en fin, mejor no recordar: la cara estática del fiscal acusándolo, y él sólo con su alma, del otro lado sin defensa, tal vez porque siempre había estado condenado, incluso antes de cometer algún delito; sí, la foto era su sentencia, esos ojos, esas manos por las que hubiera matado sin titubear, aquellos besos dulces tan amargos cuando no los tenía, cuando andaba a la deriva en ese barco con olor a naufragio, sobre un mar de ausencias. Y entonces en lugar del Cielo el cielorraso, que debía ser blanco; en lugar del viento la humedad de una celda; en lugar de puertas y ventanas esos barrotes oxidados; en lugar del presente tejiendo el futuro un pasado deshilachado, como un viejo pullover que uno se niega a tirar, pese a que está derruído por las polillas (en este caso, las polillas eran tiempo, eran años necios resistiéndose a ya no ser). Y tal vez, de a ratos, estar preso lo contentaba, pues cómo explicar que no contaba los días ni tachaba un almanaque o, a lo mejor, no aguardaba salir en libertad tras cumplir la condena, condena que le sabía eterna (por eso, alguna vez, había rechazado excarcelaciones en forma de besos o brazos de cobijo)...
(¿Cómo hago, ahora, que abro el paquete de veinte puchos y sólo encuentro cuatro? Señal inequívoca de que tengo que salir hasta la esquina o, si tengo suerte, puedo canjearle una tarjeta telefónica por un atado completo al Cabeza, hay que ver si agarra viaje...).
...Había trazado su absurda cárcel en un lugar que le permitía, después de todo, estirar el brazo y manotear algún libro de su biblioteca imponente o, en ocasiones de necesitar provisiones, se permitía una tonta libertad “temporaria” como para poder ir de compras. El asunto es que no estaba loco, su autocondena llevaba un buen tiempo, y exigía respeto a ultranza. Ya caía la noche cuando descubrió que no tenía ni cigarrillos ni nada para beber; alzó los hombros resignado y tuvo que salir a la calle...
...Buen tipo este Willy, el carcelero cojo, nunca me hace historia cuando tengo que salir para laburar afuera (beneficio por buena conducta); al cabo, como dijo Borges en algún lugar, se da el fenómeno de identificación entre carcelero y prisionero, donde las rejas pasan a ser un objeto irreal...
...Entonces respirar el aire de la calle era una herejía, un abuso del permiso que se le daba, un aprovecharse de ser juez y parte en el juicio. Pero caminar por la calle era, pese a que se negaba a verlo, recuperar la libertad; cuando agarraba confianza miraba desaforado hacia todas partes para encontrarla, para ubicarla, para dar con quien lo había obligado a condenarse de por vida a extrañarla. Porque la libertad, como la prisión, se llamaban Ana para él; a veces Ana era prisión, si estaba ausente, y otras veces era libertad, si estaba a un brazo extendido de distancia. Buscarla desesperado no daba resultado, en parte porque sabía la remota posibilidad de hallarla allí, en esas calles por las que nunca había andado, y también porque intuía que, de encontrarla, sería lo mismo que no hacerlo: era una historia agotada, entre ellos silencio de tumba...
...La tumba, justamente, pero quizá un poco peor, porque esto me sabe mucho peor que la muerte, que ese descanso eterno en un colchón de tierra o madera... la vida y la muerte, nunca había imaginado que se podían enlazar por un acto en esencia igual, como el dormir; vivo se duerme en una cama de madera, muerto también, lo que varía es la duración del sueño. En fin, ahí viene el Cabeza, con una sonrisa ancha (seguro que habló con su vieja); si no me equivoco, si está de humor me hace el canje de puchos por la tarjeta sin dramas...
... Volver a la cárcel dibujada en el piso (era justo preguntarse por qué en lugar de dibujar con tiza un cuadrado no se le daba por hacer una rayuela, una de esas que hablaba Cortázar...), mirar por el ventanal inmenso que no era un ventanal (sería una diminuta bohardilla por donde entraba la luz como guirnaldas), o apoyar la cara en los barrotes invisibles, volver a su prisión, a esa condena que sólo él sabe, su encierro en libertad. Eran pocos los que se preguntaban por su desaparición, su paradero desconocido (muchos creían que andaba de viaje); de alguna manera podía decírse que estaba rajando para borrar todo rastro de Ana, todos sus olores que lo asaltaban en la casa, en las calles que habían caminado, en ese cielo que tantas noches había contemplado, en la estrella más brillante que Pedro le había regalado. Nadie sospechaba que estuviera preso (aunque, en verdad, no lo estuviese), ni menos que él creyera estarlo siendo libre; de todos modos el vivir en prisión (o la simulación) era suficiente para no sentirse libre, alcanzaba para saberse detenido, para respirar cárcel, para ver los barrotes delante suyo aunque no existieran, para encontrarse a oscuras pese a la luminosidad que bañaba el living, para que su única vista al Cielo fuera una endija pequeña y no ese enorme ventanal. Porque efectivamente vivía preso, era un preso más en esa cárcel donde existía el Cabeza y el carcelero Willy. Aunque él les pusiera la voz y sólo los pudiera ver en el espejo sobre una pared contigua al living. Y más allá de que no hubiera delito ni condena legal por cumplir, era un preso de veras, porque Pedro lo sabía de sobra que no hay peor prisión que aquella en que uno mismo se encierra, aquella en que uno es el preso y la cárcel.
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