martes, 5 de julio de 2011

«De cuando soñé nuestro encuentro»

«Y mientras tanto el sol se muere,
y no parece importarnos…»


Y resulta que de pronto te veía venir, con el sol de lleno en la cara y tu sonrisa que, vaya a saber por qué, la imaginaba ancha y generosa; luego nos abrazábamos, y en ese abrazo se adivinaba una espera de meses, esta ansiedad y cariño acuñados con febril esmero, las ganas de lo nuestro por fin realizadas. Después, ahora que recuerdo, arribaban los besos, entrecortados, rápidos y regulares como latidos; entonces uno de los dos decía una de esas cosas hermosas que nos decimos a diario y me era imposible no detenerme en el brillo marrón de tus ojos curiosos o en mi mano acariciándote primero una mejilla, luego el pelo, en un lento ascenso y descenso permanentes; un beso tímido llamaba a otro similar y varios besos cortos eran el santo y seña para uno más profundo, de ojos cerrados para ver mejor cómo nuestras bocas unidas formaban una cavidad donde florecía la primavera y dos peces danzaban. Estar así, con los ojos cerrados, era tan evidente que el universo sólo existía por y para nosotros, que el mundo mismo se había paralizado entero para solo contemplar nuestro beso que era, ciertamente, lo único que valía la pena en ese instante y acaso también el ruido se callaba, para que pudiéramos oír, en la plenitud del silencio, el galope rítmico de nuestros corazones que, a su manera, se decían las mismas cosas que, por fuera, nosotros nos decíamos.
Luego, ya para ese momento nos encontrábamos caminando quién sabe qué calle, con qué destino y era tan maravilloso, mi amor, era tan increíble sentir la certeza, que me brotaba de tu mano aferrada a la mía, de que todo era quizás o tal vez, todo rebalsaba de una relatividad neutral y aburrida. Porque era así, te juro que era así la sensación de que todo aquello que se nos presentaba, con el título pedante de “realidad”, se disolvía en la duda y en la nada cuando se comparaba con nosotros, con tu mano y la mía juntas. Entonces nos mirábamos para besarnos de nuevo, sin hacer caso al atardecer que moría arriba nuestro, alrededor nuestro, es decir ahí donde la realidad dejaba de existir.

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