lunes, 4 de julio de 2011

«Pasos previos»




 
“Y después de hacer todo lo que hacen,
se levantan, se bañan, se entalcan,
 se perfuman, se peinan, se visten,
 y así progresivamente van volviendo
 a ser lo que no son”
Julio Cortázar, «Amor 77».

Para alguien que mira con recelo al azar, ya el hecho de hallarte de modo casual, para peor en un sitio tan impropio de nosotros, era una bella ironía, un guiño reluciente del destino, si tal cosa existe; pensar que ese hallazgo podía poseer una valía especial y enseguida contar con suficientes elementos que lo corroboraban era una segunda casualidad, acaso más interesante. Como, en efecto, dos casualidades marcan una tendencia, mis ojos pronto buscaron emboscar los tuyos, aunque también por una cuestión de reciprocidad. Tonto de mí que ahora recuerde, en tren de embellecer el contexto, que nos encontramos en una primavera balbuceante (cuando la vida misma florece), allá en los días que moría septiembre. Más tonto aún que piense que previo a ello, venía de un largo período agridulce de duelo y sosiego, combinación que se supone óptima para tallar nuevos horizontes y sin embargo nada andaba buscando (entre otras razones prudentes, se me ocurre ahora, porque no creía que pudiera encontrarte tal como te encontré, tal como sos); en cuanto a vos, no tengo la menor idea de dónde ni cómo venías, al fin de cuentas: ¿quién sabe, a ciencia cierta, dónde y cómo venís, y lo que te sucede? Entiendo que tal ceguera, ese mirarte a oscuras pueda interpretarse pongamos que triste, pongamos que desolador, pero fui aprendiendo a disfrutar del placer de ir descubriéndote en sucesivos y exiguos oleajes, de a pedazos, cual rompecabezas cuyo armado completo exige ir ganando de a una pieza nueva por vez. Que es lo mismo que decir que cada “revelación” es dar un paso hacia adelante, es ir acercándonos o acortándonos distancias (as you wish, como te gusta decir a vos). Y creo que ahí está una de las raíces del placer, ese ir acercándome como entre un peón de ajedrez y un insecto volando en forma concéntrica hacia donde, sospecha, brilla más la luz.
            No recuerdo bien cuándo ni cómo, pero hubo naturalmente un momento en que rompimos el hielo y las palabras, por fin, comenzaron a fluir sin tanta cautela y acaso por primera vez sentí —para mi fortuna— que no estabas tan lejos como la realidad indicaba. Ante semejante herejía para con un dato objetivo, fue entonces que pensé, aún a sabiendas de tu condición de “especial”, que todo ello excedía los marcos de la rareza, que rayaba un poco la ausencia de cordura, que no era quizá lo más conveniente y por tales motivos, paradójicamente, fue que decididamente cerré los ojos y entré. Por otro lado, creo que también las ganas de andar a ciegas, respondían al intento por apelar a un antídoto contra mi costumbre de querer saberlo todo, de no salir a la calle sin ver el pronóstico antes, etcétera; es decir, tratando de entregarme al excepcional acto de buscarte un poco sin brújula (que al cabo, tratándose de vos, debe ser la mejor manera de hacerlo). Con ese escaso bagaje, que no incluía un Norte, comencé una travesía, que al principio sólo ocupaba el tiempo en que te veía y poco a poco fue tomando otros momentos; nada de eso resulta extraño, porque era maravilloso esperar la noche con ansias para abrirte mi ventana de par en par, por donde invariablemente entrabas siempre distinta, siempre tan el reverso de lo que esperaba escuchar, siempre tan especial. Y fue esa abrumadora catarata de luz, tu remolino de aire fresco golpeándome la cara lo que me fue llegando aún en tu ausencia, como aquella tarde donde mi horizonte no era el de siempre, sino uno poblado de agua salada y gente irrelevante, y en el cual pensé que estabas ocupando mi cabeza un tiempo que trascendía el usual (pongamos que hablo de quererte), que sin lugar a dudas por eso apuraba el paso en una peatonal repleta para ir a buscarte, y ya entonces estaba emprendiendo este sendero que me lleva, por ejemplo, a escribirte sobre puentes, orillas y cercanías de verdad–verdad. Y me lleva, más que nada, a construir y cruzar el puente que debiera juntarnos, es decir estar juntos cuando estemos juntos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario