martes, 5 de julio de 2011

«Frío de julio»

Raúl acomodaba montones de papeles, iba y venía como nervioso sin ocultar la pesadumbre que la embargaba; era la segunda vez en los últimos seis meses que sentía una amargura corrosiva (la anterior, acaso peor, en la víspera navideña). Habían pasado dos largas horas desde que su compañera lo había anoticiado que su último proyecto acababa de naufragar, pues el “enlace” para realizar la cumbre llevaba una semana desaparecido. «¡La puta que los parió!. Y no avisaron nada» había atinado a decirle a Lili, su compañera. Conciente del hecho de que todo el Ejército andaba tras él, solo había retrasado la fecha de salida al exilio para garantizar la cumbre con otras dos organizaciones “hermanas” para sellar la unidad con vistas a fortalecer la resistencia. Ahora que la cumbre no se haría, no podía retrasar más tiempo su partida. ¿O sí?.
Raúl hizo a un lado el papelerío que venía revisando, clasificando y guardando compulsivamente, se sacó los falsos anteojos (veía bien) y se restregó urgido los ojos con los dedos. Después del fracaso de Chingolo estaba convencido que sólo un pacto de unidad entre las distintas organizaciones podía salvaguardar a sus famélicas tropas de un derrota severa (aunque tenía vedado para sí mismo utilizar el término “derrota”). Y a la vez creía que sólo él podía garantizar llevar a buen puerto la concreción de ese pacto vital para la guerra ¿De qué serviría salvar su pellejo si, al cabo, podían perder la batalla? Un hombre de acción, como él, nunca aceptaría ver la “derrota” a la distancia, desde el cómodo exilio; pese a que admiraba a San Martín, no pretendía acabar igual, muriendo viejo y triste, exiliado y derrotado. En una revolución se triunfa o se muere. No había otra alternativa, o acaso él no la concebía.
Lili, siempre perceptiva, advertía sus pensamientos. El, sospechando la mirada de su compañera, la miró buscando la aprobación de algo que aún no preguntaba. Las sospechas parecían bien fundadas, porque Lili le devolvió una mirada agria, reprobatoria; sin embargo, sotto bolche, temblaba ante la posibilidad de otra postergación del viaje. Y fuera de que la maravillaba el coraje temerario a prueba de todo, su voluntad y firmeza inquebrantables, de todas maneras se preguntaba si acaso Raúl no se daba cuenta de que la mano venía muy fea.
En ese momento Raúl abrió los ojos grandes para fijarlos fieros en los de ella: «No puedo irme así» soltó, con una extraña voz temblorosa, como queriendo pedir permiso. Ella no dijo nada, sentía miedo. «No es justo para con los compañeros que quedan acá, y mucho menos justo con los caídos, con la altura de sus sacrificios» agregó. «Es una locura», apuntó Benito que venía desde una de las habitaciones con un bolso entre manos, «tu supervivencia es prioritaria. Además es una decisión que ya votó la Dirección, por lo que tu permanencia acá viola una orden del Partido». Raúl lo miró con un vestigio de bronca, pero sabía que tenía razón. Justamente él no podía desobedecer una decisión tomada por el órgano máximo del Partido que dirigía. Cierto. Tan cierto como que estaban en un momento límite, al borde del desastre (a la derrota militar de Chingolo se le sumaba la caída de la estructura de Córdoba –junto a uno de los mejores cuadros de la organización: el Negro Carrizo–, una de las regionales más importantes) por lo que sellar la unidad, pensaba, era la mejor alternativa para poder seguir viviendo y peleando la guerra.
«No podemos solos, Gallego... nos están masacrando» dijo, casi suplicando. Benito repuso que el reflujo de las masas no duraría mucho tiempo y agregó que dudaba de las intenciones de Montoneros. Raúl permaneció de ojos cerrados, sin decir nada, mientras Benito iba hacia la ventana, visiblemente fastidioso; Lili también optó por retirarse, pensando que debía dejarlos a solas. «Las diferencias políticas con ellos son claras, eso está fuera de discusión. Pero aun así no impiden la posibilidad de hacer un frente; nuestra estrategia se mantiene, y no veo qué puede haber de malo en hacer un frente con los montos, si en lo táctico, en lo inmediato coincidimos en la resistencia a la dictadura» dijo Raúl, ahora recobrando su tono tranquilo pero firme. «No discuto el principio político del frente; nomás pongo en duda la real voluntad de ellos para realizarlo, acordate la boludez con que salieron por el nombre del frente». No dijeron más nada, el clima no era el mejor.
En el fondo Raúl entendía las razones que esbozaba su compañero, incluso puede que algunas la compartiera, pero la lectura del momento le decía que la unidad de las organizaciones más importantes constituía un paso adelante en la guerra que se libraba, un fortalecimiento de la resistencia en esos días tan vulnerable, donde los muertos se multiplicaban hora a hora. Porque si bien tenía la certeza de que la guerra recién comenzaba y que sería larga, repleta de avances y retrocesos, no podía disimular haber fallado en su acepción acerca de que el golpe relanzaría las masas a la lucha; tras casi cuatro meses era harto evidente el reflujo popular que había proseguido al golpe militar. Y era evidente, tal como él mismo había previsto antes de marzo, la feroz represión desatada por la dictadura. En ese contexto resultaba perentorio inclinarse por el repliegue; pero Raúl tenía en mente un repliegue con resistencia en lugar de huida alocada, y por eso volvía otra vez al asunto de la unidad con las otras organizaciones.
Seguían en sacro silencio hasta que Lili arrimó café, mirando con ojos reprobatorios a Raúl, gesto que Benito subrayó. «Es demasiado arriesgado, y no se justifica» volvió a la carga Benito, mientras endulzaba sin reparos su café. Lili apuntó que el compañero de enlace había insistido en el llamativo silencio de Montoneros respecto a la desaparición del militante encargado de contactarlo a él. Raúl agachó la cabeza como encerrándose, pensó levemente aquel rumor sobre que Pepe, a quien despreciaba, era agente del Ejército. Pero no, demasiado rebuscado para ser real; pese a que de veras resultaba llamativa la incomunicación de Montoneros también podía entenderse que con tantas caídas ni siquiera ellos tuvieran noticias de la desaparición. ¿Tendría celos de su liderazgo, del respeto que le tenía el Vasco? ¿Apostaría a quitarlo del medio? Difícil de saber, aunque tratándose de un doble agente... Pero Raúl no era amigo de las hipótesis conspirativas tiradas de los pelos; tenía claro que Pepe había llegado a ser el líder por decantación, por el único mérito de sobrevivir y su condición casi azarosa de “cofundador”. En Rawson se había cagado de risa de las anécdotas que contaba el Vasco sobre las boludeces de Pepe, de lo cagón que era cuando se venía la podrida y de las ridículas imposturas de teórico que gustaba asumir. No, podía ser cagón pero no un traidor, después de todo... Aparte, en última instancia, no se animaría a meterse con ellos. Al errepé hasta los propios milicos le tenían un cagazo padre.
«Tenés razón y no—dijo—. Da para pensar en una mala jugada de los montos, pero, también es probable que hasta ellos desconozcan la suerte del compañero. Con tantas caídas en cadena junto a la improbabilidad de reuniones regulares, de citas, es muy posible que hayan tomado conocimiento a la para nuestra». Lili y Benito se miraron no muy convencidos.
En Campo de Mayo el general Riveros se relamía por el hecho de tener entre los prisioneros a un pez gordo de la guerrilla más peligrosa; en rigor era el segundo “comandante” de esa organización que desfilaba por el “Campito” (el anterior había sido el cuadro militar más importante, probablemente, de todas las organizaciones armadas: el Comandante Pedro). Semejante “trofeo” lo obligaba al general a participar en persona del “interrogatorio”. Aunque como era de esperarse el pez gordo no decía ni media palabra, y no quedaban más métodos para torturarlo; estaba destrozado físicamente pese a que apenas llevaba un día de tortura, sin embargo no se quebraba ni mostraba indicios de aflojar. Cansado, o por respeto a tamaña valentía, el general sentenció que no lograrían “hacerlo cantar”, entonces propuso torturarlo de a poco un tiempo más y luego “trasladarlo”; ofuscado preguntó si habían secuestrado alguna pista relevante, algo que llevara encima el pez gordo cuando lo apresaron. «Una dirección en una factura de farmacia con su nombre falso» respondió alguien como al pasar, y el general Riveros sintió que la cara se le iluminaba. La dirección era Venezuela 3145, tercer piso departamento “A”, en Villa Martelli. «Tenemos algo grande» dijo en voz alta el general, con tono críptico; de fondo, a pocos metros de allí, se oían los gritos desgarrados del Gringo, el pez gordo.
Eran las 14.15 horas cuando Ana María dobló la esquina hacia la calle Venezuela y con prisa entró al edificio. No usó el ascensor para subir los tres pisos hasta su departamento, porque era más “seguro” hacerlo por la escalera (permitía oír, ver y moverse llegado el caso, cuestiones imposibles dentro de un ascensor). Ingreso al departamento “A” agitada, con la voz entrecortada intentó hilvanar algunas palabras pero no pudo; Benito, tomándola por los hombros, le ordenó calmarse para poder escucharla. Ana María venía de la carnicería, adonde se había citado con un compañero. «¡Habla!» dijo imperativo y en un tono inusual Raúl, «Parece que cayó el Gringo; ¡hay que rajar de acá!» informó finalmente. Todos empalidecieron, no podía ser cierto. Raúl sintió que una granada acababa de explotarle en las manos, perder al Gringo era otro duro mazazo contra su ya herida cabeza; enseguida pensó que debía partir al exilio, pero no sin antes sellar la unidad con los montos antes que todo se viniera a pique. Ambas ideas tenían su contradicción y él no estaba habituado a la contradicción, en este caso encima tan inconveniente. Más que nada para apaciguar la cara de horror que expresaba Raúl, su compañera Lili deslizó la posibilidad de que la noticia sobre el Gringo no fuera veraz, pues era común y corriente que los milicos difundieran falsos rumores de “jefes guerrilleros abatidos” como acción psicológica. Nadie pareció convencido. «Hago una llamada para confirmar y vuelvo» agregó Lili, nadie se opuso más allá que lo conveniente era levantar la casa y mandarse mudar.
Estaban tan turbados que, aunque no habían impedido la inoportuna salida de Lili violando una norma de seguridad, comenzaron a empacar sus pertenencias como autómatas. Raúl recién hizo un alto cuando encontró la pistola obsequiada por el Chicho, en aquella escala forzosa en Chile posterior a la fuga del penal de Rawson; mentalizado en una probable irrupción de los milicos se rió de lo absurdo de tener que defenderse sólo con una pistola («elegante, pero con escaso poder de fuego»), justamente el jefe guerrillero más temido y buscado tendría que resistir con una pistola. Más lo preocupaba la ventana enrejada que obstruía la única vía de escape del departamento («¡Si le habré dicho al Gringo que había que sacarle la reja!»). Llevaba las de perder, sin embargo descreía que lo fueran a atrapar, principalmente porque, si era verdad la caída del Gringo, tenía la certeza ciega que su compañero no diría nada al enemigo; era un revolucionario integral, un cuadro duro del Partido. O, quizá, porque no temiera la muerte, tan posible para un guerrero. Con el bolso en ascuas quedó inmovilizado, los brazos cruzados sobre la mesa, adonde estaban olvidadas las tazas con café frío, símbolo elocuente del efecto de la noticia sobre el Gringo. Había sido un quiebre, había incluso zanjado la discusión sobre partir o no al exilio.
Raúl permanecía abstraído, los ojos que miraban sin ver la pared, indiferente al revuelo que armaba el resto yendo de aquí para allá con bultos menos de ropa que de papeles. No podía evitar sentirse abatido, o seriamente dañado tras los sucesivos y demoledores golpes que venían recibiendo desde un año atrás: en el monte tucumano, en Monte Chingolo y ahora en las ciudades; sin embargo conservaba su fe de acero en que, tarde o temprano, ganarían la guerra, al cabo esos golpes eran previsibles como lo enseñaba la historia en derrotas como Cancha Rayada, los sinsabores de Mao o, más actual, el proceso vietnamita. Igual modo le brotaba un sentimiento de bronca contra sí mismo cuando se hallaba responsable de no haber “visto” a tiempo el reflujo de las masas, hecho que hubiera permitido ordenar el repliegue del Partido mucho antes evitando montones de muertes. ¿Qué haría desde el exilio, lejos de las masas en su peor hora? Volver a La Habana, al Paraíso en la Tierra, no le disgustaba, pero sentía que no era el momento adecuado, no para un guerrero. Justo en el instante en que se desataba, según él, la etapa de “guerra civil abierta”, etapa que tanto había aguardado desde las jornadas del Cordobazo. Si era un guerrero decidido ¿cómo entender, entonces, que huía de la guerra? En toda revolución se triunfa o se muere... pero nunca se huye. ¿O era una falacia eso de A vencer o morir? No se trataba de desacreditar la relevancia de su condición de líder para la organización, pero el tener que irse al exilio para “preservarse” no dejaba de sonarle a desviación burguesa, a un concepto individualista: el fetiche del individuo excepcional tan propio del ideario burgués. El pueblo construye a los líderes y no al revés... Y si la muerte nos sorprende, bienvenida sea, mientras que nuestro grito de guerra alcance otros oídos... y otras manos recojan nuestros fusiles... ¿No era así la Guerra Revolucionaria? El Che no eludió la guerra, no se quedó en Cuba, fue, como guerrero que era, y puso la piel... ¿Y quién carajos era él para rajarse y “preservarse”? La única razón que explicaba gozar del privilegio de “preservarse” no era otra que la sobrevaloración del individuo, una idea profundamente burguesa y contrarrevolucionaria... ¡Mierda!. ¿Cómo no lo había pensado durante el plenario donde se había discutido el asunto de “preservarlo”? ¿Acaso, en su interior, estaría traicionándolo el miedo a morir o a caer?
Se sintió miserable ante tal posibilidad, como si traicionara de la peor manera a todos los compañeros caídos y, especialmente, a sí mismo. No, no se exiliaría en el extranjero, mucho menos en la lejana Cuba; cuanto mucho se replegaría hacia el interior del país, en alguna provincia sin tanto ruido. Pero ni loco partiría al exilio allende las fronteras, prefería mil veces morir en combate, en la guerra que elegía pelear... A vencer o morir.
Porque en toda revolución se triunfa o se muere, si es verdadera, cuando la puerta del departamento fue acribillada por las metrallas de los milicos, Raúl manoteó su pistola y devolvió los disparos como un león acechado. Incluso Benito se sorprendió, en milésimas de segundos, que su compañero respondiera el fuego enemigo en lugar de intentar huir. Pero Raúl seguía disparando fiero como un guerrero espartano, ni siquiera cejó sus disparos cuando fue alcanzado en el abdomen por una ráfaga de ametralladora; solamente dio unos pasos hacia atrás empujado por la inercia de los impactos, pero continuó disparando hasta vaciar el cargador de su arma. Herido de muerte y sin balas, se abalanzó contra el capitán de la patota militar, encajándole una trompada en medio del rostro que aprovechó para agarrar la metra del milico impidiéndole hacer fuego. Mientras el resto de la patota se concentraba en acribillar a Benito con saña. Con una fuerza que no podía tener, Raúl forcejeaba con el capitán en el suelo cuando la ametralladora que se disputaban hizo más disparos. Cesó la lucha. Raúl quedó tendido boca arriba con demasiados balazos en el cuerpo, incluso algunos en el rostro que no alcanzaban a cerrarle los ojos desafiantes; a su lado el capitán, malherido, se revolcaba hacia la muerte. Lili lloraba en medio de insultos militares, Benito estaba destrozado contra una pared no menos dañada. Sólo Raúl en ese mar de olor a pólvora y sangre, parecía aunque muerto el más vivo de todos. Ni la balacera, ni la muerte le cierran los ojos, evocando la imagen de otro revolucionario.
De repente, afuera, el invierno se vuelve más frío. Un frío que duraría años.

19 de julio de 2006

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