«¿A quién si no a vos esperan, agazapados e incruentos, estos ojos que miran más allá? ¿Sentirás, detrás de la distancia, cómo te miran, cómo te recorren y susurran para convencerte y traerte de este lado? ¿Por quién, si no por vos, doblan las campanas de este pecho, cada vez más amplio, cada vez más acelerado y contento, a medida que voy cruzando nuestro puente?»
¿Cómo explicarte este conjunto de cosas que prejuzgo prudentes no decírtelas, ahora y desde esta media distancia? ¿Cómo seguir esa prudencia cuando todo indica lo contrario, cuando tus ojos me miran con un mejor brillo, cuando tus palabras golpean una y otra vez a mi puerta, a mi ventana y terminan venciendo cualquier obstáculo, inundándome la casa, mis ojos, mi pecho? Pero en fin, calculo que la mejor forma es intentar ver como miran tus ojos y convencerme de que sería más apropiado (no más conveniente) decirlo en otro tiempo y, sobre todo, en otro lugar.
Pero también sé que me conocés y la ansiedad y las ganas de decirte algunas cosas son mucho más fuertes, pueden mucho más que cualquier prudencia (esa herejía), y entonces recuerdo de una mañana en que, sin ningún motivo razonable, me puse a pensar en el final del puente, en el momento en que, por fin, voy a poner pie en tu orilla. Por obvias razones no imaginé el tema de la tartamudez y las manos frotándose los nervios, no, pensé más bien en lo primero que te diría –sin tartamudear–, cómo te saludaría, qué beso te daría, el primer tema de conversación («qué lindo es el pueblo»; «así que acá vivís, mirá vos» y otras charlas introductorias, re interesting). Y aunque pensé muchas cosas, estoy seguro que ninguna se va a cumplir en verdad, y ahí está, creo, una de las cosas más lindas, que todo el encuentro estará envuelto en sorpresa y novedad, en cuestiones que no controlamos de antemano (mal que te/nos pese).
Y es inevitable que no piense en el presente, en que si comparo con el verano, cuando ocupabas un buen tiempo de mis pensamientos, ahora diría casi que es al revés, mi cabeza es casi toda tuya y un buen tiempo lo ocupa en otras cosas; pensar, tal vez, que me muerdo los labios por decirte que no hay mejor compañía que la tuya, que las noches ahora se han vuelto mucho más bonitas; pensar en contarte también este racimo de sentimientos (en acto y en potencia) que me provocás, esta alegría de cruzar la mitad que me queda del puente, reconocer tu sonrisa más brillante, mucho más brillante ahora que me acerco; y confesarte las ganas, las ganas desgarradoras de estar a tu lado, de abrazarte, de hablarnos y hablarnos hasta que la noche se haga día, hasta que por fin me digas las mismas cosas que yo, por prudencia, más adelante te diría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario