Creo que me gustaría tenerte al lado ahora mismo, no sólo porque justo estoy sentado al lado de un tipo que parece haber nacido para roncar, no, a la vez porque creo te resultaría agradable el paisaje de una avenida casi desierta, donde los semáforos cambian de luces para nadie y en la calle todo es silencio; bueno, también hay otra razón de mayor peso y es que desearía tenerte al lado para hablar, para reírnos de los que duermen y en fin, para beberme tu siempre dulce e inmejorable compañía. De algún modo extrañarte es tenerte, si no al lado, al menos muy cerca. Ni hablar de que sé que, en algún momento, vas a leer esto, lo cual es otra vuelta de tuerca más al asunto de la cercanía. Pero el punto, lo que quería contarte, es que estaba pensando en qué te diría de tenerte junto a mí, y entonces siento que estoy entrando a un terreno que no debiera entrar; en tal caso, por ahora, es suficiente decir que ambos sospechamos qué te diría, pues la incógnita aquí es qué responderías vos, siempre tan impredecible (y me encanta que así sea).
Claro que existe la posibilidad de retroceder un poco, replegarme con sigilo del territorio vedado e imaginar que te diría las mismas cosas que suelo decirte a diario (que, de todos modos, es obvio que sonarían muy distintas). Y en cuyo caso, creo que te miraría fijo –no te rías–, luego te recorrería con la mirada y te contaría, pues, que esta mañana te pensé dos veces, la primera mientras viajaba y la otra llegando a casa; te preguntaría si acaso pensarte más tiempo equivale a quererte más; te confesaría que no me importa el tiempo ni siquiera que te vayas al rincón más lejano del Universo, porque lo mismo te buscaría y te encontraría. Todo ello pienso mientras miro al cielo que, desde esta esquina, se deja ver sin demasiado esfuerzo y entonces la veo a ella, allá arriba tan redonda y luna llena, y me resulta inevitable no desear que sus guirnaldas plateadas crucen tu ventana para llevarte, de modo urgente, estas palabras.
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