Sabía a qué se exponía, como sabía también que no contaba con mucho margen de maniobra. Aunque a su favor jugaba el hecho de creer que partía derrotado; siguiendo ese razonamiento, si ganaba la derrota no había nada que perder: nadie pierde dos veces el mismo partido. En este sentido, con la derrota a cuestas sólo se le abrían dos caminos. Resignarse o dar pelea. El primero, a priori, parecía ser la opción más racional y objetiva (y quizá lo era), pero a él no le cerraba, al margen de que concebía renuncia cobarde y desamor detrás de la resignación. Amante de las causas perdidas, se movía mejor y más suelto en la adversidad (tal vez porque en tales circunstancias no ganar no era fracasar), por lo que era lógico que eligiera el segundo camino. Dar pelea vencido, contra todos los pronósticos. Era una rareza, desde el vamos, el querer pelear aquello que se ha perdido, pretender ganar desde la derrota. Pero en parte era una suerte de alivio, no es igual pelear para no perder que pelear por haber perdido; en el primer caso suele dominar el temor (a perder), mientras que en el segundo reina la osadía (intentar vencer la derrota), es decir hay una diferente disposición de combate. O, al menos, así le sucedía a él y a tantos otros como él que preferían perder pronto para no transitar los temores de un resultado abierto, convencidos de que el miedo a perder es mucho peor que la derrota en sí.
Por todo aquello no se preocupaba por arriesgarse a quedar expuesto o a verse obligado a actuar limitado; siempre existen las contras, y aquí no había excepción o, en tal caso, bien podía ser el precio a pagar por la osadía. La clave era no tener encima el peso de poder perder. Era nomás una especie de sensación, una leve ventaja moral; nada muy concreto. Pero lo mismo tenía su relevancia. Lejos de la presión de tener “éxito” o “fracasar” se podía evaluar mejor el campo de batalla, tener la cabeza más clara y el empuje necesario. Por supuesto que, como con todo, aquí había jerarquías y gradaciones: las derrotas no son idénticas y, por tanto, tampoco lo es la osadía que debe ponerse en juego. No es una cuestión de orgullo precisamente, es decir algunas derrotas se pueden dejar pasar, no todas son dignas del deseo de revertirlas. Aunque, más allá de la jerarquía de la derrota, lo que sí interviene (o puede intervenir) es el sentimiento que provoca la derrota. En este último sentido, no depende el tamaño de la pérdida sino la sensación que causa, si duele o no, si es soportable o no. En definitiva, si vale la pena pelear una causa perdida.
Pero no había que irse tan lejos, podía desandar el camino mental y volver a enfocar otro punto de partida. Por caso, bien podía comenzar por sopesar el hecho de que, tal vez, no había tal derrota de antemano, a no ser que quisiera llamar de ese modo a la distancia que se anteponía entre ellos; menos por un dato de la realidad (eso que algunos llaman lavidareal) que por semántica, todo podía circunscribirse al asunto de la distancia —«de las distancias» pensaba él, subrayando el plural— , la situación se tornaba distinta y todo lo mentado anteriormente carecía de validez, una mera e inútil gimnasia mental. O no. Porque si las distancias que se anteponían entre ellos, él las asumía como una derrota previa, como una verdadera causa perdida, todo lo pensado sí valía porque después de todo, sortear semejantes obstáculos merecía una gran dosis de osadía. Y entonces sí, porque si de algo estaba convencido era de querer dar la pelea donde el coraje sería el primer elemento para construir un puente, ese puente que él quería tender hasta la orilla de ella.
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