Existe un punto de inicio. Claro que sí. Un lugar donde, pese a todo, uno pone primera y arranca. Por supuesto que arrancar no siempre implica ir hacia delante, progresar, etc.; más bien puede decirse que existen factores determinantes que empujan hacia una u otra dirección (no queda excluido el retroceder). En este sentido uno puede arrancar y perfectamente ir hacia atrás (o al costado o a ningún lado), es decir, nada garantiza que por el simple hecho de poner primera uno irá hacia delante. Depende. Y vaya si depende. Pues, romper el estado de reposo no equivale a progresar, sino sencillamente a dejar de estar quieto y, por tanto, a comenzar a moverse. Arrancar es una categoría opuesta a estar quieto, pero no es señal de mejoría ni superación de la quietud: es una mera descripción del estado de ánimo, lo que antes estaba detenido ahora se mueve (para bien o mal es otra cuestión). Obviamente se supone que estar en movimiento es preferible al reposo (¿existe el reposo absoluto?), en tanto la dinámica ofrece más, y mejores, perspectivas que el liso y llano estancamiento. La clave es quebrar el cerco que tiende la quietud alrededor nuestro en tiempos adversos; en cambio, emprender el movimiento (aún desconociendo el rumbo) es caminar los senderos que, tarde o temprano, derrotarán la adversidad. Todo ello en teoría, y lo sé bien. Ahora, ese cúmulo de ideas al estilo manual de autoayuda (¿Cohelo? ¿Osho?) ¿tenían asidero en la realidad? ¿eran practicables? Y ahí estaba el meollo del asunto.
No se me ocurre mejor ejemplo que el amor para graficar esta disyuntiva, y vaya si es buen ejemplo. Había amado apasionadamente a una dama, había perdido y sufrido, luego había llorado océanos enteros para después blindarme el pecho y volverme temeroso, desconfiado; tras un lapso había aprendido del dolor, y cuando me encontré de pie, fortalecido, menos vulnerable fui a caer en los brazos de la misma mujer. Imposible no volver a experimentar mi lado débil, imposible no volver a temblar: volver a los mismos besos después de tanto tiempo y a pesar del dolor era un puño en la garganta. Si existía el amor era algo parecido a aquello, a eso que lo impulsaba a apostarlo todo a la belleza lastimosa. Tanto peor, si esa apuesta era vivida como un paso hacia delante, un romper el cerco, el sentar cabeza con ganas ¿Si salía mal? ¿Había posibilidad de tragar, de nuevo, una dura derrota y seguir adelante? ¿Había luz después de semejante apuesta por todo o nada?.
Cierto que cabía la posibilidad de estar equivocado al apostar con esa concepción terminante. Desde afuera podía advertirse que uno está errado (o no), pero el punto que uno no lo ve o no lo quiere ver: apostar todo o nada, asumiendo que se juega una (o la) última ficha. El tema es que tal apuesta giraba en torno a una vieja derrota, es decir apostaba todo a ganar allí donde había perdido. Por qué ahora iría a ser distinto era una pregunta que no se hacía, en parte porque no era de los que se arrepienten, y también porque ante tamaña osadía no es conveniente frenar la marcha. Si se lanzaba (y estaba lanzado) era evidente que creía que todo iría a ser diferente, que terminaría ganado ahí donde había perdido. Aunque también jugaba el hecho de sentir que se vive perdido (quieto) y que vale la pena arriesgarse (moverse); perdido por perdido, porqué no apostar a los mejores besos, los más dulces, aun a riesgo de salir malherido o herido de muerte. Y los mejores besos, los más dulces, eran los besos de ella (que por algo había dolido tanto) y entonces no cabía discutir. Ella o nada, ella o nadie. Pese a que pudiera sonar exagerado, no había otra forma de encarar esa apuesta a fondo. Apuesta de máxima.
Entonces coincidir con el ánimo de ella, que parece estar parada en un lugar similar; hablar más sincero que nunca, desnudarse, señalar que es peligroso, y de nuevo coincidir. No hay que espacio para retroceder, no hay excusas, la flecha se ha lanzado y vuela hacia el blanco o hacia cualquier lado. Ir con precaución, casi con miedo, soltándose muy de a poco, tratando de reprimir o eliminar los venenos que empañaron el pasado. Y sobre todo el miedo, saber que se debe confiar y sentir el peso de no poder hacerlo con naturalidad, de necesitar pruebas y más pruebas. El temor más grande de volver a llorar lo llorado, del dolor ya curado con tiempo y esfuerzo. Y a la vez todo lo contrario, revivir lo dulce de sus besos, sentirse de veras vivo, arañar el cielo o la felicidad, dormirse temprano y contento. Sentir que vale la apuesta, que uno ha arrancado, que está en movimiento y que no importa lo que está en juego. Todo ese conjunto, tan contradictorio, por supuesto que conduce al miedo, al temor por sufrir de nuevo, pero también transporta la esperanza, la alegría perdida, el amor vapuleado. Aunque todavía no se dibuje la dirección en el horizonte, bienvenido sea este arranque, este quererte con ambigüedades, este quererte como me sale, casi irracionalmente, este quererte sabiendo que, tarde o temprano, volveré a perderte.
No se me ocurre mejor ejemplo que el amor para graficar esta disyuntiva, y vaya si es buen ejemplo. Había amado apasionadamente a una dama, había perdido y sufrido, luego había llorado océanos enteros para después blindarme el pecho y volverme temeroso, desconfiado; tras un lapso había aprendido del dolor, y cuando me encontré de pie, fortalecido, menos vulnerable fui a caer en los brazos de la misma mujer. Imposible no volver a experimentar mi lado débil, imposible no volver a temblar: volver a los mismos besos después de tanto tiempo y a pesar del dolor era un puño en la garganta. Si existía el amor era algo parecido a aquello, a eso que lo impulsaba a apostarlo todo a la belleza lastimosa. Tanto peor, si esa apuesta era vivida como un paso hacia delante, un romper el cerco, el sentar cabeza con ganas ¿Si salía mal? ¿Había posibilidad de tragar, de nuevo, una dura derrota y seguir adelante? ¿Había luz después de semejante apuesta por todo o nada?.
Cierto que cabía la posibilidad de estar equivocado al apostar con esa concepción terminante. Desde afuera podía advertirse que uno está errado (o no), pero el punto que uno no lo ve o no lo quiere ver: apostar todo o nada, asumiendo que se juega una (o la) última ficha. El tema es que tal apuesta giraba en torno a una vieja derrota, es decir apostaba todo a ganar allí donde había perdido. Por qué ahora iría a ser distinto era una pregunta que no se hacía, en parte porque no era de los que se arrepienten, y también porque ante tamaña osadía no es conveniente frenar la marcha. Si se lanzaba (y estaba lanzado) era evidente que creía que todo iría a ser diferente, que terminaría ganado ahí donde había perdido. Aunque también jugaba el hecho de sentir que se vive perdido (quieto) y que vale la pena arriesgarse (moverse); perdido por perdido, porqué no apostar a los mejores besos, los más dulces, aun a riesgo de salir malherido o herido de muerte. Y los mejores besos, los más dulces, eran los besos de ella (que por algo había dolido tanto) y entonces no cabía discutir. Ella o nada, ella o nadie. Pese a que pudiera sonar exagerado, no había otra forma de encarar esa apuesta a fondo. Apuesta de máxima.
Entonces coincidir con el ánimo de ella, que parece estar parada en un lugar similar; hablar más sincero que nunca, desnudarse, señalar que es peligroso, y de nuevo coincidir. No hay que espacio para retroceder, no hay excusas, la flecha se ha lanzado y vuela hacia el blanco o hacia cualquier lado. Ir con precaución, casi con miedo, soltándose muy de a poco, tratando de reprimir o eliminar los venenos que empañaron el pasado. Y sobre todo el miedo, saber que se debe confiar y sentir el peso de no poder hacerlo con naturalidad, de necesitar pruebas y más pruebas. El temor más grande de volver a llorar lo llorado, del dolor ya curado con tiempo y esfuerzo. Y a la vez todo lo contrario, revivir lo dulce de sus besos, sentirse de veras vivo, arañar el cielo o la felicidad, dormirse temprano y contento. Sentir que vale la apuesta, que uno ha arrancado, que está en movimiento y que no importa lo que está en juego. Todo ese conjunto, tan contradictorio, por supuesto que conduce al miedo, al temor por sufrir de nuevo, pero también transporta la esperanza, la alegría perdida, el amor vapuleado. Aunque todavía no se dibuje la dirección en el horizonte, bienvenido sea este arranque, este quererte con ambigüedades, este quererte como me sale, casi irracionalmente, este quererte sabiendo que, tarde o temprano, volveré a perderte.
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