“En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad”
Antonio Machado.
No hay nada nuevo, en verdad. Siento que ya he pasado por aquí, he visto los mismos sinsabores, he lagrimeado, he maldecido. Pero esta vez tiene otro color. En parte porque nosotros, los de entonces, ya no somos (o éramos, en verdad) los mismos; en parte porque detrás de toda pérdida hay una liberación y yo me siento liberado en serio. En alguna parte Benedetti dice que el olvido está lleno de memoria, y sin embargo acá hay sólo olvido y ninguna gana de memoria. Empiezo a sospechar que nunca fuiste vos el problema, que ninguna lágrima mía te pertenecía, que extrañé algo que no eras vos; no siempre fue así, o eso creo, hubo un tiempo en que mi dolor llevaba tu nombre pero hoy, aunque parecido, ya no es lo mismo. Pero no sólo porque dos heridas idénticas no duelen igual ni tampoco porque entre la primera y la segunda haya pasado mucho bajo el puente. Aunque, claro, el tiempo juega sus cartas, no fue determinante. Había otra cosa, como otra fragancia en los segundos primeros besos, otras miradas y otras palabras que intentaban hablar de amor aunque siempre estuvieran los mismos labios, los mismos ojos y las mismas voces de ayer. Había otra cosa.
Esto no quiere decir que no haya habido dolor ni que, en su momento, algunos besos fueran dulces: mi boca, a veces, miente pero nunca lo hacen estos labios. Y sin embargo, tengo la sospecha de que nada alcanzaba, que todo era mejor desde la soledad que desde la compañía. No es tu culpa, o no fue tu culpa, ignoro si fue la mía, pero de seguro que vos no tenías nada que ver. Cada beso nuestro era un beso menos y ni vos ni yo podíamos hacer nada. En ese sentido, el adiós tiene otro gusto, o sin ánimo de exagerar, fue casi bienvenido; esa sensación, aunque parezca lo contrario, es sumamente dolorosa, porque uno imagina otros finales (si es que se puede), acaso más novelescos, acaso más nostálgicos. Cuán difícil es advertir, ahora, que el final se nos precipitó aun antes de nombrarlo. Efectivamente, había otra cosa.
Quizás por eso no hay nada nuevo, quizás por eso el dolor se vista de otra forma. Me queda la tranquilidad de (querer) creer que ambos, en el fondo, lo sabíamos perfectamente y que, a través, de muecas imperceptibles intentábamos decírnoslo. Haciendo memoria ahora creo escuchar algunos ecos pretéritos tuyos diciéndomelo, pero no es ni era sencillo admitirlo; en mi caso, reconozco que hacia el final (o durante, mejor dicho) casi había pescado la idea y, con mis limitaciones, me debatía entre decírtelo y callarlo. Me alegra que así haya sido, porque no me produce orgullo, ni siquiera ahora que ha pasado el tiempo, haberlo visto o percibido. Será por aquello de imaginar otro final, y sin dudas que, para mí, el final era otro. Claro, esto ignorando que los finales son eso mismo: final y punto. Aunque esta jauría de palabras que esté soltando ahora, por un lado, me demuestren que no me resigno pero, por el otro, me indiquen que no son más que unas exequias a destiempo sobre nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario