martes, 5 de julio de 2011

«De cuando soñé nuestro encuentro»

«Y mientras tanto el sol se muere,
y no parece importarnos…»


Y resulta que de pronto te veía venir, con el sol de lleno en la cara y tu sonrisa que, vaya a saber por qué, la imaginaba ancha y generosa; luego nos abrazábamos, y en ese abrazo se adivinaba una espera de meses, esta ansiedad y cariño acuñados con febril esmero, las ganas de lo nuestro por fin realizadas. Después, ahora que recuerdo, arribaban los besos, entrecortados, rápidos y regulares como latidos; entonces uno de los dos decía una de esas cosas hermosas que nos decimos a diario y me era imposible no detenerme en el brillo marrón de tus ojos curiosos o en mi mano acariciándote primero una mejilla, luego el pelo, en un lento ascenso y descenso permanentes; un beso tímido llamaba a otro similar y varios besos cortos eran el santo y seña para uno más profundo, de ojos cerrados para ver mejor cómo nuestras bocas unidas formaban una cavidad donde florecía la primavera y dos peces danzaban. Estar así, con los ojos cerrados, era tan evidente que el universo sólo existía por y para nosotros, que el mundo mismo se había paralizado entero para solo contemplar nuestro beso que era, ciertamente, lo único que valía la pena en ese instante y acaso también el ruido se callaba, para que pudiéramos oír, en la plenitud del silencio, el galope rítmico de nuestros corazones que, a su manera, se decían las mismas cosas que, por fuera, nosotros nos decíamos.
Luego, ya para ese momento nos encontrábamos caminando quién sabe qué calle, con qué destino y era tan maravilloso, mi amor, era tan increíble sentir la certeza, que me brotaba de tu mano aferrada a la mía, de que todo era quizás o tal vez, todo rebalsaba de una relatividad neutral y aburrida. Porque era así, te juro que era así la sensación de que todo aquello que se nos presentaba, con el título pedante de “realidad”, se disolvía en la duda y en la nada cuando se comparaba con nosotros, con tu mano y la mía juntas. Entonces nos mirábamos para besarnos de nuevo, sin hacer caso al atardecer que moría arriba nuestro, alrededor nuestro, es decir ahí donde la realidad dejaba de existir.

«De cuando te extraño»

Creo que me gustaría tenerte al lado ahora mismo, no sólo porque justo estoy sentado al lado de un tipo que parece haber nacido para roncar, no, a la vez porque creo te resultaría agradable el paisaje de una avenida casi desierta, donde los semáforos cambian de luces para nadie y en la calle todo es silencio; bueno, también hay otra razón de mayor peso y es que desearía tenerte al lado para hablar, para reírnos de los que duermen y en fin, para beberme tu siempre dulce e inmejorable compañía. De algún modo extrañarte es tenerte, si no al lado, al menos muy cerca. Ni hablar de que sé que, en algún momento, vas a leer esto, lo cual es otra vuelta de tuerca más al asunto de la cercanía. Pero el punto, lo que quería contarte, es que estaba pensando en qué te diría de tenerte junto a mí, y entonces siento que estoy entrando a un terreno que no debiera entrar; en tal caso, por ahora, es suficiente decir que ambos sospechamos qué te diría, pues la incógnita aquí es qué responderías vos, siempre tan impredecible (y me encanta que así sea).
            Claro que existe la posibilidad de retroceder un poco, replegarme con sigilo del territorio vedado e imaginar que te diría las mismas cosas que suelo decirte a diario (que, de todos modos, es obvio que sonarían muy distintas). Y en cuyo caso, creo que te miraría fijo –no te rías–, luego te recorrería con la mirada y te contaría, pues, que esta mañana te pensé dos veces, la primera mientras viajaba y la otra llegando a casa; te preguntaría si acaso pensarte más tiempo equivale a quererte más; te confesaría que no me importa el tiempo ni siquiera que te vayas al rincón más lejano del Universo, porque lo mismo te buscaría y te encontraría. Todo ello pienso mientras miro al cielo que, desde esta esquina, se deja ver sin demasiado esfuerzo y entonces la veo a ella, allá arriba tan redonda y luna llena, y me resulta inevitable no desear que sus guirnaldas plateadas crucen tu ventana para llevarte, de modo urgente, estas palabras.

«Prisiones del alma»

A mi vieja,
en sus días de neblina y lluvia...



«Cada vez que sientas que todo
te está saliendo mal, que estás
perdido, pregúntale a tu muerte
si es cierto. Tu muerte te dirá que
te equivocas; que en realidad nada
importa más que su toque. Tu muerte
te dirá: “aún no te he tocado”.»
Don Juan, en “Viaje a Ixtlán”
.

Por incercia alzó la vista echando atrás la cabeza, como buscando ese Cielo que tantas veces habían acariciado sus ojos pardos y, de alguna manera, sabía que sólo vería el mismo cielorraso resquebrajado, ese cielo aburrido de encierro; por demás parecía no perder la esperanza de algún día alzar la vista para, por fin, empaparse con ese mar de aire, esa placa inmensa celeste salpicada de bollitos de algodón. Y no. No esta vez donde alzar los ojos para encontrar el cielorraso mugriento de siempre implica seguir aquí dentro, atrapado, privado de ese aire purificador que, sin dudas, le haría tan bien a estos pulmones malheridos y dañados a fuerza de tabaco. Ya no quería permanecer más allí, con grilletes que no se dejaban ver, la apariencia de libertad... ay, nada más espantoso que estar preso siendo libre, ser realmente un prisionero sin condena ni cadenas (preso de uno mismo), saber que aunque los ojos no ven, el corazón siente igual... acá donde alzo la vista sin ver el cielo, ni el vuelo de los pájaros. Qué decir sobre sentarme a fumar en las rocas a orillas del mar, donde cierro los ojos para empaparme los oídos con las olas golpeando las piedras, una y otra vez, persistentes, ignorando, las pobres y tenaces olas, que jamás moverán la hilera de piedras.
No siempre había sido así, alguna vez se había mostrado en las calles repletas de cielo y, a su vez, de cárceles idénticas a esa en que, ahora, andaba encerrado; esa cárcel doméstica, tan particular, tan construida a su medida que no hacían falta los barrotes, ni que fuera pequeña ni que estuviera esposado o engrillado. La prisión depende de uno, puede hallarse pronto y más cerca de lo que puede imaginarse. Pero muchas coas, por general lamentos, las pensaba ahora, las procesaba, las tallaba y las vomitaba sobre la mesa para contemplarlas (y sufrirlas), pero jamás para utilizarlas como limas que desgasten los barrotes o palas para cavar un túnel que lo condujera lejos de la cárcel. Ahora que alzaba la vista al cielorraso, ahogándose en su celda de tres por dos, desconfiando de sí mismo sobre si deliraba o estaba realmente preso... Sería cuestión de hacer memoria, tarea que le resultaba un poco más llevadera si la acompañaba con un cigarrillo (entonces miraba a ambos lados para evitar que otro interno estuviera mirando, mientras levantaba una baldosa floja donde estaban los puchos y otras cosas)...
¿Para qué mirar a todos lados si nadie podía verlo? ¿Para qué, Pedrito, prender un rubio a escondidas? Allí, en esa pieza donde ni la sombra le hacía compañía, ahí donde, si pudiera, hasta él mismo se abandonaría... inútilmente obligado a mantenerse en un círculo dibujado sobre el piso, un límite trazado con una tiza que empezaba a borronearse por el tiempo y, más, por la humedad porteña...
Debajo del paquete de cigarrillos encontró una vieja foto, que era casi un sinónimo de la sentencia de tres fojas y media ( que dormía en el grueso expediente correspondiente a la Causa número dos mil y pico, del Juzgado en lo Criminal número tanto, allá en la calle Lavalle); aquella sentencia que lo condenaba al tormento perpetuo por ser culpable de... de... en fin, mejor no recordar: la cara estática del fiscal acusándolo, y él sólo con su alma, del otro lado sin defensa, tal vez porque siempre había estado condenado, incluso antes de cometer algún delito; sí, la foto era su sentencia, esos ojos, esas manos por las que hubiera matado sin titubear, aquellos besos dulces tan amargos cuando no los tenía, cuando andaba a la deriva en ese barco con olor a naufragio, sobre un mar de ausencias. Y entonces en lugar del Cielo el cielorraso, que debía ser blanco; en lugar del viento la humedad de una celda; en lugar de puertas y ventanas esos barrotes oxidados; en lugar del presente tejiendo el futuro un pasado deshilachado, como un viejo pullover que uno se niega a tirar, pese a que está derruído por las polillas (en este caso, las polillas eran tiempo, eran años necios resistiéndose a ya no ser). Y tal vez, de a ratos, estar preso lo contentaba, pues cómo explicar que no contaba los días ni tachaba un almanaque o, a lo mejor, no aguardaba salir en libertad tras cumplir la condena, condena que le sabía eterna (por eso, alguna vez, había rechazado excarcelaciones en forma de besos o brazos de cobijo)...
(¿Cómo hago, ahora, que abro el paquete de veinte puchos y sólo encuentro cuatro? Señal inequívoca de que tengo que salir hasta la esquina o, si tengo suerte, puedo canjearle una tarjeta telefónica por un atado completo al Cabeza, hay que ver si agarra viaje...).
...Había trazado su absurda cárcel en un lugar que le permitía, después de todo, estirar el brazo y manotear algún libro de su biblioteca imponente o, en ocasiones de necesitar provisiones, se permitía una tonta libertad “temporaria” como para poder ir de compras. El asunto es que no estaba loco, su autocondena llevaba un buen tiempo, y exigía respeto a ultranza. Ya caía la noche cuando descubrió que no tenía ni cigarrillos ni nada para beber; alzó los hombros resignado y tuvo que salir a la calle...
...Buen tipo este Willy, el carcelero cojo, nunca me hace historia cuando tengo que salir para laburar afuera (beneficio por buena conducta); al cabo, como dijo Borges en algún lugar, se da el fenómeno de identificación entre carcelero y prisionero, donde las rejas pasan a ser un objeto irreal...
...Entonces respirar el aire de la calle era una herejía, un abuso del permiso que se le daba, un aprovecharse de ser juez y parte en el juicio. Pero caminar por la calle era, pese a que se negaba a verlo, recuperar la libertad; cuando agarraba confianza miraba desaforado hacia todas partes para encontrarla, para ubicarla, para dar con quien lo había obligado a condenarse de por vida a extrañarla. Porque la libertad, como la prisión, se llamaban Ana para él; a veces Ana era prisión, si estaba ausente, y otras veces era libertad, si estaba a un brazo extendido de distancia. Buscarla desesperado no daba resultado, en parte porque sabía la remota posibilidad de hallarla allí, en esas calles por las que nunca había andado, y también porque intuía que, de encontrarla, sería lo mismo que no hacerlo: era una historia agotada, entre ellos silencio de tumba...
...La tumba, justamente, pero quizá un poco peor, porque esto me sabe mucho peor que la muerte, que ese descanso eterno en un colchón de tierra o madera... la vida y la muerte, nunca había imaginado que se podían enlazar por un acto en esencia igual, como el dormir; vivo se duerme en una cama de madera, muerto también, lo que varía es la duración del sueño. En fin, ahí viene el Cabeza, con una sonrisa ancha (seguro que habló con su vieja); si no me equivoco, si está de humor me hace el canje de puchos por la tarjeta sin dramas...
... Volver a la cárcel dibujada en el piso (era justo preguntarse por qué en lugar de dibujar con tiza un cuadrado no se le daba por hacer una rayuela, una de esas que hablaba Cortázar...), mirar por el ventanal inmenso que no era un ventanal (sería una diminuta bohardilla por donde entraba la luz como guirnaldas), o apoyar la cara en los barrotes invisibles, volver a su prisión, a esa condena que sólo él sabe, su encierro en libertad. Eran pocos los que se preguntaban por su desaparición, su paradero desconocido (muchos creían que andaba de viaje); de alguna manera podía decírse que estaba rajando para borrar todo rastro de Ana, todos sus olores que lo asaltaban en la casa, en las calles que habían caminado, en ese cielo que tantas noches había contemplado, en la estrella más brillante que Pedro le había regalado. Nadie sospechaba que estuviera preso (aunque, en verdad, no lo estuviese), ni menos que él creyera estarlo siendo libre; de todos modos el vivir en prisión (o la simulación) era suficiente para no sentirse libre, alcanzaba para saberse detenido, para respirar cárcel, para ver los barrotes delante suyo aunque no existieran, para encontrarse a oscuras pese a la luminosidad que bañaba el living, para que su única vista al Cielo fuera una endija pequeña y no ese enorme ventanal. Porque efectivamente vivía preso, era un preso más en esa cárcel donde existía el Cabeza y el carcelero Willy. Aunque él les pusiera la voz y sólo los pudiera ver en el espejo sobre una pared contigua al living. Y más allá de que no hubiera delito ni condena legal por cumplir, era un preso de veras, porque Pedro lo sabía de sobra que no hay peor prisión que aquella en que uno mismo se encierra, aquella en que uno es el preso y la cárcel.

«Alba crepuscular»

Existe un punto de inicio. Claro que sí. Un lugar donde, pese a todo, uno pone primera y arranca. Por supuesto que arrancar no siempre implica ir hacia delante, progresar, etc.; más bien puede decirse que existen factores determinantes que empujan hacia una u otra dirección (no queda excluido el retroceder). En este sentido uno puede arrancar y perfectamente ir hacia atrás (o al costado o a ningún lado), es decir, nada garantiza que por el simple hecho de poner primera uno irá hacia delante. Depende. Y vaya si depende. Pues, romper el estado de reposo no equivale a progresar, sino sencillamente a dejar de estar quieto y, por tanto, a comenzar a moverse. Arrancar es una categoría opuesta a estar quieto, pero no es señal de mejoría ni superación de la quietud: es una mera descripción del estado de ánimo, lo que antes estaba detenido ahora se mueve (para bien o mal es otra cuestión). Obviamente se supone que estar en movimiento es preferible al reposo (¿existe el reposo absoluto?), en tanto la dinámica ofrece más, y mejores, perspectivas que el liso y llano estancamiento. La clave es quebrar el cerco que tiende la quietud alrededor nuestro en tiempos adversos; en cambio, emprender el movimiento (aún desconociendo el rumbo) es caminar los senderos que, tarde o temprano, derrotarán la adversidad. Todo ello en teoría, y lo sé bien. Ahora, ese cúmulo de ideas al estilo manual de autoayuda (¿Cohelo? ¿Osho?) ¿tenían asidero en la realidad? ¿eran practicables? Y ahí estaba el meollo del asunto.
No se me ocurre mejor ejemplo que el amor para graficar esta disyuntiva, y vaya si es buen ejemplo. Había amado apasionadamente a una dama, había perdido y sufrido, luego había llorado océanos enteros para después blindarme el pecho y volverme temeroso, desconfiado; tras un lapso había aprendido del dolor, y cuando me encontré de pie, fortalecido, menos vulnerable fui a caer en los brazos de la misma mujer. Imposible no volver a experimentar mi lado débil, imposible no volver a temblar: volver a los mismos besos después de tanto tiempo y a pesar del dolor era un puño en la garganta. Si existía el amor era algo parecido a aquello, a eso que lo impulsaba a apostarlo todo a la belleza lastimosa. Tanto peor, si esa apuesta era vivida como un paso hacia delante, un romper el cerco, el sentar cabeza con ganas ¿Si salía mal? ¿Había posibilidad de tragar, de nuevo, una dura derrota y seguir adelante? ¿Había luz después de semejante apuesta por todo o nada?.
Cierto que cabía la posibilidad de estar equivocado al apostar con esa concepción terminante. Desde afuera podía advertirse que uno está errado (o no), pero el punto que uno no lo ve o no lo quiere ver: apostar todo o nada, asumiendo que se juega una (o la) última ficha. El tema es que tal apuesta giraba en torno a una vieja derrota, es decir apostaba todo a ganar allí donde había perdido. Por qué ahora iría a ser distinto era una pregunta que no se hacía, en parte porque no era de los que se arrepienten, y también porque ante tamaña osadía no es conveniente frenar la marcha. Si se lanzaba (y estaba lanzado) era evidente que creía que todo iría a ser diferente, que terminaría ganado ahí donde había perdido. Aunque también jugaba el hecho de sentir que se vive perdido (quieto) y que vale la pena arriesgarse (moverse); perdido por perdido, porqué no apostar a los mejores besos, los más dulces, aun a riesgo de salir malherido o herido de muerte. Y los mejores besos, los más dulces, eran los besos de ella (que por algo había dolido tanto) y entonces no cabía discutir. Ella o nada, ella o nadie. Pese a que pudiera sonar exagerado, no había otra forma de encarar esa apuesta a fondo. Apuesta de máxima.
Entonces coincidir con el ánimo de ella, que parece estar parada en un lugar similar; hablar más sincero que nunca, desnudarse, señalar que es peligroso, y de nuevo coincidir. No hay que espacio para retroceder, no hay excusas, la flecha se ha lanzado y vuela hacia el blanco o hacia cualquier lado. Ir con precaución, casi con miedo, soltándose muy de a poco, tratando de reprimir o eliminar los venenos que empañaron el pasado. Y sobre todo el miedo, saber que se debe confiar y sentir el peso de no poder hacerlo con naturalidad, de necesitar pruebas y más pruebas. El temor más grande de volver a llorar lo llorado, del dolor ya curado con tiempo y esfuerzo. Y a la vez todo lo contrario, revivir lo dulce de sus besos, sentirse de veras vivo, arañar el cielo o la felicidad, dormirse temprano y contento. Sentir que vale la apuesta, que uno ha arrancado, que está en movimiento y que no importa lo que está en juego. Todo ese conjunto, tan contradictorio, por supuesto que conduce al miedo, al temor por sufrir de nuevo, pero también transporta la esperanza, la alegría perdida, el amor vapuleado. Aunque todavía no se dibuje la dirección en el horizonte, bienvenido sea este arranque, este quererte con ambigüedades, este quererte como me sale, casi irracionalmente, este quererte sabiendo que, tarde o temprano, volveré a perderte.

«Frío de julio»

Raúl acomodaba montones de papeles, iba y venía como nervioso sin ocultar la pesadumbre que la embargaba; era la segunda vez en los últimos seis meses que sentía una amargura corrosiva (la anterior, acaso peor, en la víspera navideña). Habían pasado dos largas horas desde que su compañera lo había anoticiado que su último proyecto acababa de naufragar, pues el “enlace” para realizar la cumbre llevaba una semana desaparecido. «¡La puta que los parió!. Y no avisaron nada» había atinado a decirle a Lili, su compañera. Conciente del hecho de que todo el Ejército andaba tras él, solo había retrasado la fecha de salida al exilio para garantizar la cumbre con otras dos organizaciones “hermanas” para sellar la unidad con vistas a fortalecer la resistencia. Ahora que la cumbre no se haría, no podía retrasar más tiempo su partida. ¿O sí?.
Raúl hizo a un lado el papelerío que venía revisando, clasificando y guardando compulsivamente, se sacó los falsos anteojos (veía bien) y se restregó urgido los ojos con los dedos. Después del fracaso de Chingolo estaba convencido que sólo un pacto de unidad entre las distintas organizaciones podía salvaguardar a sus famélicas tropas de un derrota severa (aunque tenía vedado para sí mismo utilizar el término “derrota”). Y a la vez creía que sólo él podía garantizar llevar a buen puerto la concreción de ese pacto vital para la guerra ¿De qué serviría salvar su pellejo si, al cabo, podían perder la batalla? Un hombre de acción, como él, nunca aceptaría ver la “derrota” a la distancia, desde el cómodo exilio; pese a que admiraba a San Martín, no pretendía acabar igual, muriendo viejo y triste, exiliado y derrotado. En una revolución se triunfa o se muere. No había otra alternativa, o acaso él no la concebía.
Lili, siempre perceptiva, advertía sus pensamientos. El, sospechando la mirada de su compañera, la miró buscando la aprobación de algo que aún no preguntaba. Las sospechas parecían bien fundadas, porque Lili le devolvió una mirada agria, reprobatoria; sin embargo, sotto bolche, temblaba ante la posibilidad de otra postergación del viaje. Y fuera de que la maravillaba el coraje temerario a prueba de todo, su voluntad y firmeza inquebrantables, de todas maneras se preguntaba si acaso Raúl no se daba cuenta de que la mano venía muy fea.
En ese momento Raúl abrió los ojos grandes para fijarlos fieros en los de ella: «No puedo irme así» soltó, con una extraña voz temblorosa, como queriendo pedir permiso. Ella no dijo nada, sentía miedo. «No es justo para con los compañeros que quedan acá, y mucho menos justo con los caídos, con la altura de sus sacrificios» agregó. «Es una locura», apuntó Benito que venía desde una de las habitaciones con un bolso entre manos, «tu supervivencia es prioritaria. Además es una decisión que ya votó la Dirección, por lo que tu permanencia acá viola una orden del Partido». Raúl lo miró con un vestigio de bronca, pero sabía que tenía razón. Justamente él no podía desobedecer una decisión tomada por el órgano máximo del Partido que dirigía. Cierto. Tan cierto como que estaban en un momento límite, al borde del desastre (a la derrota militar de Chingolo se le sumaba la caída de la estructura de Córdoba –junto a uno de los mejores cuadros de la organización: el Negro Carrizo–, una de las regionales más importantes) por lo que sellar la unidad, pensaba, era la mejor alternativa para poder seguir viviendo y peleando la guerra.
«No podemos solos, Gallego... nos están masacrando» dijo, casi suplicando. Benito repuso que el reflujo de las masas no duraría mucho tiempo y agregó que dudaba de las intenciones de Montoneros. Raúl permaneció de ojos cerrados, sin decir nada, mientras Benito iba hacia la ventana, visiblemente fastidioso; Lili también optó por retirarse, pensando que debía dejarlos a solas. «Las diferencias políticas con ellos son claras, eso está fuera de discusión. Pero aun así no impiden la posibilidad de hacer un frente; nuestra estrategia se mantiene, y no veo qué puede haber de malo en hacer un frente con los montos, si en lo táctico, en lo inmediato coincidimos en la resistencia a la dictadura» dijo Raúl, ahora recobrando su tono tranquilo pero firme. «No discuto el principio político del frente; nomás pongo en duda la real voluntad de ellos para realizarlo, acordate la boludez con que salieron por el nombre del frente». No dijeron más nada, el clima no era el mejor.
En el fondo Raúl entendía las razones que esbozaba su compañero, incluso puede que algunas la compartiera, pero la lectura del momento le decía que la unidad de las organizaciones más importantes constituía un paso adelante en la guerra que se libraba, un fortalecimiento de la resistencia en esos días tan vulnerable, donde los muertos se multiplicaban hora a hora. Porque si bien tenía la certeza de que la guerra recién comenzaba y que sería larga, repleta de avances y retrocesos, no podía disimular haber fallado en su acepción acerca de que el golpe relanzaría las masas a la lucha; tras casi cuatro meses era harto evidente el reflujo popular que había proseguido al golpe militar. Y era evidente, tal como él mismo había previsto antes de marzo, la feroz represión desatada por la dictadura. En ese contexto resultaba perentorio inclinarse por el repliegue; pero Raúl tenía en mente un repliegue con resistencia en lugar de huida alocada, y por eso volvía otra vez al asunto de la unidad con las otras organizaciones.
Seguían en sacro silencio hasta que Lili arrimó café, mirando con ojos reprobatorios a Raúl, gesto que Benito subrayó. «Es demasiado arriesgado, y no se justifica» volvió a la carga Benito, mientras endulzaba sin reparos su café. Lili apuntó que el compañero de enlace había insistido en el llamativo silencio de Montoneros respecto a la desaparición del militante encargado de contactarlo a él. Raúl agachó la cabeza como encerrándose, pensó levemente aquel rumor sobre que Pepe, a quien despreciaba, era agente del Ejército. Pero no, demasiado rebuscado para ser real; pese a que de veras resultaba llamativa la incomunicación de Montoneros también podía entenderse que con tantas caídas ni siquiera ellos tuvieran noticias de la desaparición. ¿Tendría celos de su liderazgo, del respeto que le tenía el Vasco? ¿Apostaría a quitarlo del medio? Difícil de saber, aunque tratándose de un doble agente... Pero Raúl no era amigo de las hipótesis conspirativas tiradas de los pelos; tenía claro que Pepe había llegado a ser el líder por decantación, por el único mérito de sobrevivir y su condición casi azarosa de “cofundador”. En Rawson se había cagado de risa de las anécdotas que contaba el Vasco sobre las boludeces de Pepe, de lo cagón que era cuando se venía la podrida y de las ridículas imposturas de teórico que gustaba asumir. No, podía ser cagón pero no un traidor, después de todo... Aparte, en última instancia, no se animaría a meterse con ellos. Al errepé hasta los propios milicos le tenían un cagazo padre.
«Tenés razón y no—dijo—. Da para pensar en una mala jugada de los montos, pero, también es probable que hasta ellos desconozcan la suerte del compañero. Con tantas caídas en cadena junto a la improbabilidad de reuniones regulares, de citas, es muy posible que hayan tomado conocimiento a la para nuestra». Lili y Benito se miraron no muy convencidos.
En Campo de Mayo el general Riveros se relamía por el hecho de tener entre los prisioneros a un pez gordo de la guerrilla más peligrosa; en rigor era el segundo “comandante” de esa organización que desfilaba por el “Campito” (el anterior había sido el cuadro militar más importante, probablemente, de todas las organizaciones armadas: el Comandante Pedro). Semejante “trofeo” lo obligaba al general a participar en persona del “interrogatorio”. Aunque como era de esperarse el pez gordo no decía ni media palabra, y no quedaban más métodos para torturarlo; estaba destrozado físicamente pese a que apenas llevaba un día de tortura, sin embargo no se quebraba ni mostraba indicios de aflojar. Cansado, o por respeto a tamaña valentía, el general sentenció que no lograrían “hacerlo cantar”, entonces propuso torturarlo de a poco un tiempo más y luego “trasladarlo”; ofuscado preguntó si habían secuestrado alguna pista relevante, algo que llevara encima el pez gordo cuando lo apresaron. «Una dirección en una factura de farmacia con su nombre falso» respondió alguien como al pasar, y el general Riveros sintió que la cara se le iluminaba. La dirección era Venezuela 3145, tercer piso departamento “A”, en Villa Martelli. «Tenemos algo grande» dijo en voz alta el general, con tono críptico; de fondo, a pocos metros de allí, se oían los gritos desgarrados del Gringo, el pez gordo.
Eran las 14.15 horas cuando Ana María dobló la esquina hacia la calle Venezuela y con prisa entró al edificio. No usó el ascensor para subir los tres pisos hasta su departamento, porque era más “seguro” hacerlo por la escalera (permitía oír, ver y moverse llegado el caso, cuestiones imposibles dentro de un ascensor). Ingreso al departamento “A” agitada, con la voz entrecortada intentó hilvanar algunas palabras pero no pudo; Benito, tomándola por los hombros, le ordenó calmarse para poder escucharla. Ana María venía de la carnicería, adonde se había citado con un compañero. «¡Habla!» dijo imperativo y en un tono inusual Raúl, «Parece que cayó el Gringo; ¡hay que rajar de acá!» informó finalmente. Todos empalidecieron, no podía ser cierto. Raúl sintió que una granada acababa de explotarle en las manos, perder al Gringo era otro duro mazazo contra su ya herida cabeza; enseguida pensó que debía partir al exilio, pero no sin antes sellar la unidad con los montos antes que todo se viniera a pique. Ambas ideas tenían su contradicción y él no estaba habituado a la contradicción, en este caso encima tan inconveniente. Más que nada para apaciguar la cara de horror que expresaba Raúl, su compañera Lili deslizó la posibilidad de que la noticia sobre el Gringo no fuera veraz, pues era común y corriente que los milicos difundieran falsos rumores de “jefes guerrilleros abatidos” como acción psicológica. Nadie pareció convencido. «Hago una llamada para confirmar y vuelvo» agregó Lili, nadie se opuso más allá que lo conveniente era levantar la casa y mandarse mudar.
Estaban tan turbados que, aunque no habían impedido la inoportuna salida de Lili violando una norma de seguridad, comenzaron a empacar sus pertenencias como autómatas. Raúl recién hizo un alto cuando encontró la pistola obsequiada por el Chicho, en aquella escala forzosa en Chile posterior a la fuga del penal de Rawson; mentalizado en una probable irrupción de los milicos se rió de lo absurdo de tener que defenderse sólo con una pistola («elegante, pero con escaso poder de fuego»), justamente el jefe guerrillero más temido y buscado tendría que resistir con una pistola. Más lo preocupaba la ventana enrejada que obstruía la única vía de escape del departamento («¡Si le habré dicho al Gringo que había que sacarle la reja!»). Llevaba las de perder, sin embargo descreía que lo fueran a atrapar, principalmente porque, si era verdad la caída del Gringo, tenía la certeza ciega que su compañero no diría nada al enemigo; era un revolucionario integral, un cuadro duro del Partido. O, quizá, porque no temiera la muerte, tan posible para un guerrero. Con el bolso en ascuas quedó inmovilizado, los brazos cruzados sobre la mesa, adonde estaban olvidadas las tazas con café frío, símbolo elocuente del efecto de la noticia sobre el Gringo. Había sido un quiebre, había incluso zanjado la discusión sobre partir o no al exilio.
Raúl permanecía abstraído, los ojos que miraban sin ver la pared, indiferente al revuelo que armaba el resto yendo de aquí para allá con bultos menos de ropa que de papeles. No podía evitar sentirse abatido, o seriamente dañado tras los sucesivos y demoledores golpes que venían recibiendo desde un año atrás: en el monte tucumano, en Monte Chingolo y ahora en las ciudades; sin embargo conservaba su fe de acero en que, tarde o temprano, ganarían la guerra, al cabo esos golpes eran previsibles como lo enseñaba la historia en derrotas como Cancha Rayada, los sinsabores de Mao o, más actual, el proceso vietnamita. Igual modo le brotaba un sentimiento de bronca contra sí mismo cuando se hallaba responsable de no haber “visto” a tiempo el reflujo de las masas, hecho que hubiera permitido ordenar el repliegue del Partido mucho antes evitando montones de muertes. ¿Qué haría desde el exilio, lejos de las masas en su peor hora? Volver a La Habana, al Paraíso en la Tierra, no le disgustaba, pero sentía que no era el momento adecuado, no para un guerrero. Justo en el instante en que se desataba, según él, la etapa de “guerra civil abierta”, etapa que tanto había aguardado desde las jornadas del Cordobazo. Si era un guerrero decidido ¿cómo entender, entonces, que huía de la guerra? En toda revolución se triunfa o se muere... pero nunca se huye. ¿O era una falacia eso de A vencer o morir? No se trataba de desacreditar la relevancia de su condición de líder para la organización, pero el tener que irse al exilio para “preservarse” no dejaba de sonarle a desviación burguesa, a un concepto individualista: el fetiche del individuo excepcional tan propio del ideario burgués. El pueblo construye a los líderes y no al revés... Y si la muerte nos sorprende, bienvenida sea, mientras que nuestro grito de guerra alcance otros oídos... y otras manos recojan nuestros fusiles... ¿No era así la Guerra Revolucionaria? El Che no eludió la guerra, no se quedó en Cuba, fue, como guerrero que era, y puso la piel... ¿Y quién carajos era él para rajarse y “preservarse”? La única razón que explicaba gozar del privilegio de “preservarse” no era otra que la sobrevaloración del individuo, una idea profundamente burguesa y contrarrevolucionaria... ¡Mierda!. ¿Cómo no lo había pensado durante el plenario donde se había discutido el asunto de “preservarlo”? ¿Acaso, en su interior, estaría traicionándolo el miedo a morir o a caer?
Se sintió miserable ante tal posibilidad, como si traicionara de la peor manera a todos los compañeros caídos y, especialmente, a sí mismo. No, no se exiliaría en el extranjero, mucho menos en la lejana Cuba; cuanto mucho se replegaría hacia el interior del país, en alguna provincia sin tanto ruido. Pero ni loco partiría al exilio allende las fronteras, prefería mil veces morir en combate, en la guerra que elegía pelear... A vencer o morir.
Porque en toda revolución se triunfa o se muere, si es verdadera, cuando la puerta del departamento fue acribillada por las metrallas de los milicos, Raúl manoteó su pistola y devolvió los disparos como un león acechado. Incluso Benito se sorprendió, en milésimas de segundos, que su compañero respondiera el fuego enemigo en lugar de intentar huir. Pero Raúl seguía disparando fiero como un guerrero espartano, ni siquiera cejó sus disparos cuando fue alcanzado en el abdomen por una ráfaga de ametralladora; solamente dio unos pasos hacia atrás empujado por la inercia de los impactos, pero continuó disparando hasta vaciar el cargador de su arma. Herido de muerte y sin balas, se abalanzó contra el capitán de la patota militar, encajándole una trompada en medio del rostro que aprovechó para agarrar la metra del milico impidiéndole hacer fuego. Mientras el resto de la patota se concentraba en acribillar a Benito con saña. Con una fuerza que no podía tener, Raúl forcejeaba con el capitán en el suelo cuando la ametralladora que se disputaban hizo más disparos. Cesó la lucha. Raúl quedó tendido boca arriba con demasiados balazos en el cuerpo, incluso algunos en el rostro que no alcanzaban a cerrarle los ojos desafiantes; a su lado el capitán, malherido, se revolcaba hacia la muerte. Lili lloraba en medio de insultos militares, Benito estaba destrozado contra una pared no menos dañada. Sólo Raúl en ese mar de olor a pólvora y sangre, parecía aunque muerto el más vivo de todos. Ni la balacera, ni la muerte le cierran los ojos, evocando la imagen de otro revolucionario.
De repente, afuera, el invierno se vuelve más frío. Un frío que duraría años.

19 de julio de 2006

«La mitad del puente»

 «¿A quién si no a vos esperan, agazapados e incruentos, estos ojos que miran más allá? ¿Sentirás, detrás de la distancia, cómo te miran, cómo te recorren y susurran para convencerte y traerte de este lado? ¿Por quién, si no por vos, doblan las campanas de este pecho, cada vez más amplio, cada vez más acelerado y contento, a medida que voy cruzando nuestro puente?»

¿Cómo explicarte este conjunto de cosas que prejuzgo prudentes no decírtelas, ahora y desde esta media distancia? ¿Cómo seguir esa prudencia cuando todo indica lo contrario, cuando tus ojos me miran con un mejor brillo, cuando tus palabras golpean una y otra vez a mi puerta, a mi ventana y terminan venciendo cualquier obstáculo, inundándome la casa, mis ojos, mi pecho? Pero en fin, calculo que la mejor forma es intentar ver como miran tus ojos y convencerme de que sería más apropiado (no más conveniente) decirlo en otro tiempo y, sobre todo, en otro lugar.
Pero también sé que me conocés y la ansiedad y las ganas de decirte algunas cosas son mucho más fuertes, pueden mucho más que cualquier prudencia (esa herejía), y entonces recuerdo de una mañana en que, sin ningún motivo razonable, me puse a pensar en el final del puente, en el momento en que, por fin, voy a poner pie en tu orilla. Por obvias razones no imaginé el tema de la tartamudez y las manos frotándose los nervios, no, pensé más bien en lo primero que te diría –sin tartamudear–, cómo te saludaría, qué beso te daría, el primer tema de conversación («qué lindo es el pueblo»; «así que acá vivís, mirá vos» y otras charlas introductorias, re interesting). Y aunque pensé muchas cosas, estoy seguro que ninguna se va a cumplir en verdad, y ahí está, creo, una de las cosas más lindas, que todo el encuentro estará envuelto en sorpresa y novedad, en cuestiones que no controlamos de antemano (mal que te/nos pese).
Y es inevitable que no piense en el presente, en que si comparo con el verano, cuando ocupabas un buen tiempo de mis pensamientos, ahora diría casi que es al revés, mi cabeza es casi toda tuya y un buen tiempo lo ocupa en otras cosas; pensar, tal vez, que me muerdo los labios por decirte que no hay mejor compañía que la tuya, que las noches ahora se han vuelto mucho más bonitas; pensar en contarte también este racimo de sentimientos (en acto y en potencia) que me provocás, esta alegría de cruzar la mitad que me queda del puente, reconocer tu sonrisa más brillante, mucho más brillante ahora que me acerco; y confesarte las ganas, las ganas desgarradoras de estar a tu lado, de abrazarte, de hablarnos y hablarnos hasta que la noche se haga día, hasta que por fin me digas las mismas cosas que yo, por prudencia, más adelante te diría.

lunes, 4 de julio de 2011

«La osadía»



Sabía a qué se exponía, como sabía también que no contaba con mucho margen de maniobra. Aunque a su favor jugaba el hecho de creer que partía derrotado; siguiendo ese razonamiento, si ganaba la derrota no había nada que perder: nadie pierde dos veces el mismo partido. En este sentido, con la derrota a cuestas sólo se le abrían dos caminos. Resignarse o dar pelea. El primero, a priori, parecía ser la opción más racional y objetiva (y quizá lo era), pero a él no le cerraba, al margen de que concebía renuncia cobarde y desamor detrás de la resignación. Amante de las causas perdidas, se movía mejor y más suelto en la adversidad (tal vez porque en tales circunstancias no ganar no era fracasar), por lo que era lógico que eligiera el segundo camino. Dar pelea vencido, contra todos los pronósticos. Era una rareza, desde el vamos, el querer pelear aquello que se ha perdido, pretender ganar desde la derrota. Pero en parte era una suerte de alivio, no es igual pelear para no perder que pelear por haber perdido; en el primer caso suele dominar el temor (a perder), mientras que en el segundo reina la osadía (intentar vencer la derrota), es decir hay una diferente disposición de combate. O, al menos, así le sucedía a él y a tantos otros como él que preferían perder pronto para no transitar los temores de un resultado abierto, convencidos de que el miedo a perder es mucho peor que la derrota en sí.
            Por todo aquello no se preocupaba por arriesgarse a quedar expuesto o a verse obligado a actuar limitado; siempre existen las contras, y aquí no había excepción o, en tal caso, bien podía ser el precio a pagar por la osadía. La clave era no tener encima el peso de poder perder. Era nomás una especie de sensación, una leve ventaja moral; nada muy concreto. Pero lo mismo tenía su relevancia. Lejos de la presión de tener “éxito” o “fracasar” se podía evaluar mejor el campo de batalla, tener la cabeza más clara y el empuje necesario. Por supuesto que, como con todo, aquí había jerarquías y gradaciones: las derrotas no son idénticas y, por tanto, tampoco lo es la osadía que debe ponerse en juego. No es una cuestión de orgullo precisamente, es decir algunas derrotas se pueden dejar pasar, no todas son dignas del deseo de revertirlas. Aunque, más allá de la jerarquía de la derrota, lo que sí interviene (o puede intervenir) es el sentimiento que provoca la derrota. En este último sentido, no depende el tamaño de la pérdida sino la sensación que causa, si duele o no, si es soportable o no. En definitiva, si vale la pena pelear una causa perdida.
            Pero no había que irse tan lejos, podía desandar el camino mental y volver a enfocar otro punto de partida. Por caso, bien podía comenzar por sopesar el hecho de que, tal vez, no había tal derrota de antemano, a no ser que quisiera llamar de ese modo a la distancia que se anteponía entre ellos; menos por un dato de la realidad (eso que algunos llaman lavidareal) que por semántica, todo podía circunscribirse al asunto de la distancia —«de las distancias» pensaba él, subrayando el plural— , la situación se tornaba distinta y todo lo mentado anteriormente carecía de validez, una mera e inútil gimnasia mental. O no. Porque si las distancias que se anteponían entre ellos, él las asumía como una derrota previa, como una verdadera causa perdida, todo lo pensado sí valía porque después de todo, sortear semejantes obstáculos merecía una gran dosis de osadía. Y entonces sí, porque si de algo estaba convencido era de querer dar la pelea donde el coraje sería el primer elemento para construir un puente, ese puente que él quería tender hasta la orilla de ella.